Todavía se mantiene
fresco en mi memoria aquel momento, aquella tarde en la que desbocado por el
deseo, te llevé por fin a mi casa donde en la intimidad te confesé, susurrando,
y mientras acariciaba con delicadeza todo lo que tienes acariciable, que siempre
te trataría como a una reina.
Reconozco que desde
niño despertaste en mí ese instinto que de un modo irrefrenable me indujo a
tratar de poseerte, de que fueras mía y solo mía, pese a que por tu figura y
por tu forma de ser, fueras objeto del deseo de la inmensa mayoría de hombres e
incluso, por qué no, de alguna mujer.
Me acuerdo que me
notaste tenso, un poco brusco, hasta nervioso en los primeros tanteos aquella
tarde en la que iniciamos esta relación que ya dura...¿dieciocho años?. Sí,
dieciocho años de complicidad, de compartir grandes y bellos momentos, de
viajes inolvidables, de tórridas y susurrantes sensaciones.
Siempre has sido
decidida, complaciente, receptiva y pocas veces, muy pocas has puesto freno a
mis pretensiones. Poco importaba el camino a recorrer si entre tú y yo se
establecía ese pacto no firmado de llegar hasta el final en todo aquello que
nos propusiéramos. Y es que yo soy para ti tal y como tú lo eres para mí.
Al principio, sobre
todo el primer día, tú también respondiste con cierta brusquedad, como a
trompicones y es que claro, todavía nos faltaba un buen rodaje juntos en esa
aventura que de una forma ya casi inesperada, se iniciaba entre nosotros en esa
etapa de mi vida en que la verdad, ya pensé que nunca llegarías.
La esbeltez de tu
figura, tus sinuosas curvas, el calor que llegas a desprender cuando uno intima
contigo, la súbita descarga de adrenalina que supone llegar contigo al éxtasis,
al límite que la prudencia establece, a la locura.
Tu olor, ese olor
que de joven desprendías y que ahora, en plena madurez me sigue volviendo loco,
especialmente cuando te calientas y me transmites ese calor que se desprende de
tu interior, ese vibrante aroma que viajando desde mi entrepierna me sube hasta
el rostro y me sumerge en las más agradables sensaciones.
Me gustas, me
ilusionas, me seduce seguir cabalgándote y que ese gozo que me transmites, ese
placer del que me haces partícipe, me hace verte siempre joven, siempre
dispuesta.
Y es que mi
querida, mi amada, mi maravillosa moto, no sabría vivir sin ti.
Javier Bastida, 23
noviembre 2017.

