domingo, 12 de noviembre de 2017

MARC EL MESTIZO


Algo hay de cierto en aquello de que lo que Dios no da, Salamanca no lo otorga. Vamos, que muchos podremos esforzarnos en progresar en esta o aquella disciplina, pero la genialidad –a todas luces- viene de serie o no viene.

Uno ya es viejuno y ha visto muchas carreras y en ellas, a infinidad de pilotos. No les esconderé que siempre mantuve un apasionado interés por alguno al que consideraba el mejor. El primer ídolo que tapizó las paredes de mi habitación fue el añorado Barry Sheene. El inglés era un tipo simpático y miren dada mi edad de entonces, eso de que decorase su casco con la jeta del pato Donald, me molaba. Retirado Sheene en 1981, una generación de pilotos españoles pintó el Mundial. En plena efervescencia adolescente me convertí en un hoolligan de un trio que elevó el deporte de las dos ruedas a la categoría de deporte de masas: me refiero a Sito Pons, Joan Garriga y Carles Cardús.

De los tres, mi piloto fue  Garriga, un hombre que a pesar de acabar su vida degradado por infinidad de problemas, en su época de competición era la sal de los circuitos. Las especias con las que cocinaba las carreras nunca estuvieron a disposición de Sito o el Tiriti (así se apodaba Cardús). Es más que seguro que están pensando en que no aportó grandes triunfos y les diré que es absolutamente cierto. En cualquier caso, en Joan Garriga empezamos a leer un descaro que habría de empezar a reconocerse llegada la segunda mitad de la década de los noventa del siglo pasado.  Por cierto, otro apunte, no olvido que contamos en este país con enormes pilotos como Aspar, Champi Herreros, Álex Crivillé, Emili Alzamora y un listado inacabable que perdonarán que no relacione, pues no cabe duda de que no acabaría –afortunadamente- nunca.

Bien para mi sorpresa, en 1996, empecé a echar el ojo a un transalpino delgaducho que parecía competir al margen del resto del mundo: me refiero a Valentino Rossi, Il Dottore. El tipo le pasó la mano a cualquiera que le retaba. Machacó literalmente en todas las categorías y en todos los circuitos. Empecé a verle como un Frankenstein que encarnaba la simpatía de Sheene, la técnica de Pons y las gónadas de Garriga. Convivió con pilotos hispanos que seguro merecieron y merecen ser puestos en consideración –ahí están Dani Pedrosa y Jorge Lorenzo- pero amigos, lo dicho, todo lo hacía bien y no fallaba nunca. Pero cuando más ensimismado estaba con el italiano apareció -en una edición de la 24 Horas de Montmeló- un ojeador del Campeonato de España de Velocidad (CEV) y se marcó, como un jaque, la siguiente sentencia: estáis equivocados, el piloto a seguir, el que hará historia, el que marcará la diferencia, es un chaval que se llama Marc Márquez.

Bien, aquí estamos, aquel hombre sentó cátedra, Marc Márquez  tiene 24 años, ha ganado seis Campeonatos del Mundo (1 en 125 cc, 1 en Moto2 y 4 en Moto GP) y mejora día a día. Cuando le veo pilotar, veo a un genial Mozart de las dos ruedas que disfruta de un espíritu mestizo que encarna todo lo que me apasionó de los pilotos que acompañaron –desde pequeño- mi pasión por las motos. Por cierto, antes cité a Alzamora. Ahora es el mentor de Márquez y es precisamente, un piloto que ganó el Mundial de 125 sin ser primero en ninguna carrera, quien enseñó al portento de Cervera a planificar su ímpetu para ser imbatible. ¿Saben?, Angel Nieto nos puso el deporte de la moto en la conciencia, pero Marc Márquez ha convertido una afición en algo parecido a la fe.

LA MOTO MERCHE    

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