Algo hay de cierto en aquello de que lo que Dios no da, Salamanca no lo
otorga. Vamos, que muchos podremos esforzarnos en progresar en esta o aquella
disciplina, pero la genialidad –a todas luces- viene de serie o no viene.
Uno ya es viejuno y ha visto muchas carreras y en ellas, a infinidad de
pilotos. No les esconderé que siempre mantuve un apasionado interés por alguno
al que consideraba el mejor. El primer ídolo que tapizó las paredes de mi
habitación fue el añorado Barry Sheene. El inglés era un tipo simpático y miren
dada mi edad de entonces, eso de que decorase su casco con la jeta del pato
Donald, me molaba. Retirado Sheene en 1981, una generación de pilotos españoles
pintó el Mundial. En plena efervescencia adolescente me convertí en un hoolligan
de un trio que elevó el deporte de las dos ruedas a la categoría de deporte
de masas: me refiero a Sito Pons, Joan Garriga y Carles Cardús.
De los tres, mi piloto fue Garriga,
un hombre que a pesar de acabar su vida degradado por infinidad de problemas,
en su época de competición era la sal de los circuitos. Las especias con las
que cocinaba las carreras nunca estuvieron a disposición de Sito o el Tiriti
(así se apodaba Cardús). Es más que seguro que están pensando en que no aportó
grandes triunfos y les diré que es absolutamente cierto. En cualquier caso, en
Joan Garriga empezamos a leer un descaro que habría de empezar a reconocerse
llegada la segunda mitad de la década de los noventa del siglo pasado. Por cierto, otro apunte, no olvido que contamos
en este país con enormes pilotos como Aspar, Champi Herreros, Álex Crivillé,
Emili Alzamora y un listado inacabable que perdonarán que no relacione, pues no
cabe duda de que no acabaría –afortunadamente- nunca.
Bien para mi sorpresa, en 1996, empecé a echar el ojo a un transalpino delgaducho
que parecía competir al margen del resto del mundo: me refiero a Valentino
Rossi, Il Dottore. El tipo le pasó la mano a cualquiera que le retaba. Machacó
literalmente en todas las categorías y en todos los circuitos. Empecé a verle
como un Frankenstein que encarnaba la simpatía de Sheene, la técnica de Pons y
las gónadas de Garriga. Convivió con pilotos hispanos que seguro merecieron y
merecen ser puestos en consideración –ahí están Dani Pedrosa y Jorge Lorenzo-
pero amigos, lo dicho, todo lo hacía bien y no fallaba nunca. Pero cuando más ensimismado
estaba con el italiano apareció -en una edición de la 24 Horas de Montmeló- un
ojeador del Campeonato de España de Velocidad (CEV) y se marcó, como un jaque,
la siguiente sentencia: estáis equivocados, el piloto a seguir, el que hará
historia, el que marcará la diferencia, es un chaval que se llama Marc Márquez.
Bien, aquí estamos, aquel hombre sentó cátedra, Marc Márquez tiene 24 años, ha ganado seis Campeonatos del
Mundo (1 en 125 cc, 1 en Moto2 y 4 en Moto GP) y mejora día a día. Cuando le
veo pilotar, veo a un genial Mozart de las dos ruedas que disfruta de un
espíritu mestizo que encarna todo lo que me apasionó de los pilotos que
acompañaron –desde pequeño- mi pasión por las motos. Por cierto, antes cité a
Alzamora. Ahora es el mentor de Márquez y es precisamente, un piloto que ganó
el Mundial de 125 sin ser primero en ninguna carrera, quien enseñó al portento
de Cervera a planificar su ímpetu para ser imbatible. ¿Saben?, Angel Nieto nos
puso el deporte de la moto en la conciencia, pero Marc Márquez ha convertido
una afición en algo parecido a la fe.
LA MOTO MERCHE

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