En la insigne tragedia Ricardo
III de William Shakespeare, el monarca,
viéndose rodeado por sus enemigos y agobiado por verse obligado a combatir a
pie, gritó: ¡Un caballo, un caballo, mi reino por un caballo!...
Así hube de sentirme cuando hace
más de cuatro años Merche me dejó. A pesar de que nuestra necesaria separación
fue de mutuo acuerdo y que ambas partes salimos ganando, verle salir del
parking acompañada por otro me rompió el corazón. Ha sido un tiempo de tristeza
y añoranza, pues no pude dejar de recordar aquellos días en los que superado
por la rutina y la tensión, iba a buscar
mi moto y quedaba con los mejores compañeros
que puedo imaginar para compartir ruta. No sabrán nunca ustedes lo que uno se
ahorra en psicólogos.
Bien, en cualquier caso, en ocasiones
las aguas regresan a su cauce y los momentos amargos del pasado se van, para
nuestra sorpresa, diluyendo. Nos perdonamos a nosotros mismos por haber hecho
cosas que jamás pensamos poder hacer y allí donde se creó un vacio, una nueva
presencia nos colma de sonrisas.
Me dijo un amigo, en aquel
instante de inestabilidad, que debía quedarme con los buenos ratos vividos y
tener la severidad de que me enamoraría de nuevo. Me habló de que otra fiel
compañera aceptaría que la pilotase y que otro nombre me daría un presente
intenso, convirtiendo la añoranza de Merche en un dulce y preciado recuerdo.
Han sido cuatro largos años sin madrugar
en festivo, sin equiparme para la carretera, sin decidir una ruta, sin ese
humeante café antes de acometer el asfalto, sin el ronroneo de una noble
máquina, sin el suntuoso bocadillo del almuerzo y sin la reparadora ducha al regresar
a casa. No es fácil explicar el modo en que tres horas de felicidad rutera te
dan vida una semana...
Hoy es una gran jornada, me he
desposado con Sara, una hermosa germana bicilíndrica de aspecto adusto y rodar
elegante que en su simple ponerse en marcha, ya me hace soñar con viajes
perfectos.
Gracias Alberto por habernos
presentado, decirte gracias nunca será suficiente.

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